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Nuestros conflictos interiores

diciembre 8, 2016
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unknownEn un momento u otro, nuestros deseos, nuestros intereses, nuestras convicciones, chocan necesariamente con aquellos de nuestro entorno. E igual que estas colisiones tienen un lugar común de existencia, los conflictos interiores hacen parte integral de nuestra vida.

Las acciones de los animales son en su mayor parte instintivas. Sin embargo, la prerrogativa y la carga de los humanos es la posibilidad de ejercer una elección y de tomar decisiones. A menudo nos toca debatir entre los deseos que nos impulsan en direcciones opuestas.

Podemos, por ejemplo, aspirar simultáneamente a la soledad y a la compañía de un amigo; podemos sentirnos atraídos a la vez por el estudio de la medicina y de la música. O bien puede el conflicto aparecer entre nuestros deseos y nuestras “obligaciones”. A veces, nos partimos entre la tentación de hablar como los demás, y la convicción que nos llevaría a expresar opiniones muy contrarias a las suyas. Podemos, en fin, sufrir de un conflicto entre dos órdenes de valores.

La naturaleza, el sentido, y la intensidad de tales conflictos están profundamente determinados por la civilización en la que vivimos. Si nuestro entorno es estable y las tradiciones son observadas a rajatabla, la variedad de alternativas que se presentan es bastante reducida y el campo de conflictos individuales bastante limitado. En todo caso, los conflictos no faltan: los deseos personales pueden ir en contra de los imperativos del grupo.

La mayor parte de las personas no es consciente de sus conflictos y, por tanto, no los resuelven lúcidamente.

Resolver cuestiones contradictorias y tomar una u otra decisión en consecuencia, requiere de ciertas condiciones. Hay cuatro. Para empezar, es necesario conocer nuestros deseos, y más aún, nuestros sentimientos. ¿Amamos realmente a una persona, o creemos que la amamos porque debemos hacerlo?, ¿Queremos ser realmente médico o abogado, o elegimos esa profesión por su lado lucrativo y honorífico?

Si concebimos un conflicto como tal, debemos desear y ser capaces de renunciar a uno u otro de sus términos. Tomar una decisión supone querer lo mejor, y tener la capacidad de asumir la responsabilidad, lo cual implica el riesgo de una mala elección y la paciencia de soportar las consecuencias sin culparse a sí mismo ni a los demás.

Prisioneros de conflictos angustiosos, aun inconscientes, estamos inclinados a mirar con envidia y admiración a las personas a las que la vida parece transcurrir sin  enfrentamientos ni problemas. Esta admiración puede ser legítima. Existen, sin duda, personas fuertes que han establecido su propia escala de valores y adquirido cierta serenidad, porque sus conflictos y su necesidad de resolverlos han perdido, con el tiempo, su intensidad abrumadora. Pero esta apariencia exterior puede ser engañosa. A menudo, sea por apatía, por conformismo u oportunismo, esa misma gente que admiramos puede ser incapaz de hacer frente verdaderamente a sus dificultades, o de resolverla según sus propias convicciones, y se han dejado guiar por el azar o las ventajas inmediatas.

Experimentar tal conflicto, en todo conocimiento de causa, representa una experiencia a menudo demasiado dolorosa, pero que puede ser extremadamente valiosa. Cuanto más enfrentamos nuestras dificultades y tratamos de resolverlas, más libertad y fortaleza interior adquirimos.

Creo haber hablado anteriormente de la importancia de la claridad en los objetivos, para le vida en general y en el campo del coaching en particular.

Para alcanzar una meta hay que proceder en dirección a ella, no en dirección contraria. Esto, que puede parecer demasiado obvio, no es evidente si no están resueltos nuestros conflictos interiores. El poder de la decisión no radica en elegir entre distintas formas de lo que sigue siendo una ilusión y un error.

Lo anterior, me devuelve a una idea fundamental de “Un curso de milagros”: es que no percibimos lo que más nos conviene. No nos damos cuenta del desenlace que nos haría felices. No tenemos, por tanto, una pauta por la que regir nuestras acciones, ni manera alguna de juzgar sus resultados. Lo que hacemos está determinado por nuestra percepción de la situación que se trate, y esa percepción es errónea.

Por eso, te invito a hacer este ejercicio otra vez: haz una búsqueda mental de todas las situaciones en tu vida que aún no están resueltas y que actualmente te están causando desasosiego. Debes hacer hincapié en descubrir cuál es el resultado que deseas. Te darás cuenta muy pronto de que tienes varios objetivos en mente como parte del resultado que deseas, y también de que esos objetivos se encuentran en diferentes niveles y de que con frecuencia son conflictivos.

Nombra cada situación que se te ocurra, y luego enumera minuciosamente todos los objetivos que te gustaría alcanzar en el desenlace de la misma. Trata de abarcar tantos diferentes desenlaces como honestamente se te ocurran, aun cuando algunos de ellos o parezcan estar directamente relacionados con la situación, o, lo que es más, ni siquiera parezcan tener nada que ver con ella.

Si haces este ejercicio correctamente, te darás cuenta de que estás exigiendo de cada situación un gran número de cosas que no tienen nada que ver con ella. Te percatarás asimismo de que muchos de tus objetivos son contradictorios, que no tienes un resultado concreto en mente, y que no puedes por menos que experimentar desilusión con respecto a algunos de tus objetivos independientemente de como se resuelva finalmente la situación.

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Los tipos de amor, una falsa creencia

diciembre 1, 2016

 

Nuestro amor se mide y trasciende en nuestra capacidad de recorrer juntos este camino disfrutando cada paso tan intensamente como seamos capaces y aumentando nuestra capacidad de disfrutar precisamente porque estamos juntos.

El amor siempre es amor, lo que cambia es el vínculo, y esto es mucho más que una diferencia semántica.

Lo que cambia, en todo caso es la manera en la que expreso mi amor en el vínculo que yo establezco con el otro, pero no el amor.

Son las otras cosas agregadas al afecto las que hacen que el encuentro con el otro sea diferente. Puede ser que además de quererte me sienta atraído sexualmente. Y entonces te querré como pareja.

O puede ser que yo te quiera y que además compartamos una historia en común, un humor que nos sintoniza, que nos riamos de las mismas cosas, que seamos compinches, que confiemos el uno en el otro y que seas mi oreja preferida para contarte mis cosas. Entonces serás mi amigo o mi amiga.

Si te quiero, cambiará mi relación contigo según las cosas que le agregamos al amor. Pero no hay distintos tipos de amor. Lo que cambia es la manera de expresar lo que siento de persona a persona.

Los afectos cambian en intensidad. Puedes querer más, menos, puedes querer un montón. y puedes querer muy poquito. O puedes querer tanto como para llegar a aquello que es el amor de verdad: que me alegre tu sola existencia más allá de que estés conmigo o no.

Bucay decía que en su consultorio, en materia de problemas afectivos, se podían dividir tres tipos de personas. Y en mi práctica de coaching me he encontrado muchos casos de los tres: aquellas que quieren ser queridas más de lo que son queridas, aquellas que quieren dejar de querer a aquel que no las quiere porque les es muy doloroso, y aquellas que les gustaría querer más a quien ya no quieren, porque todo sería más fácil.

Lamentablemente, todos se encuentran con las mismas noticias: no sólo no se puede hacer nada para que nos quieran, sino que también es tremendamente complicado dejar de querer.

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El tesoro de las relaciones íntimas

Una relación íntima es una relación afectiva que se sale de lo común porque empieza con un acuerdo tácito de la cancelación del miedo a exponernos y en el compromiso de ser quienes somos. Un vínculo es comprometido cuando está relacionado con honrar las cosas que nos hemos dicho, con la posibilidad de que yo sepa, anticipadamente, que puedo contar contigo para lo que sea. Solo sintiendo honestamente el deseo de que me conozcas puedo animarme a mostrarme tal como soy, sin miedo a ser rechazado por tu descubrimiento de mí.

Una relación íntima me permite, como ninguna, el ejercicio absoluto de la autenticidad.

La franqueza, la sinceridad y la confianza son cosas demasiado importantes como para andar regalándoselas a cualquiera. Desde luego que sí, la intimidad es un espacio vulnerable por definición y por lo tanto inevitablemente riesgoso. Con el corazón abierto, el daño que me puede hacer aquel con quien intimo es mucho mayor que cualquier otro tipo de vínculo.

La entrega implica sacarme la coraza y quedarme expuesto, blandito y desprotegido.

Intimar es darle al otro las herramientas y la llave para que pueda hacerme daño, teniendo la certeza de que no lo va a hacer.

En estas relaciones, vamos encontrando el deseo de abrirnos, vamos recorriendo uno por uno todos los riesgos de la entrega y de la autenticidad, vamos desvelando nuestros misterios a medida que conquistamos más espacios de aceptación y apertura.

Es por eso (y esto lo digo yo), que no hay amor más bonito que el que se desarrolla conociendo al otro tal y como es. Cuando conocemos sus partes claras y oscuras, cuando se nos muestra con honestidad y transparencia,  y cuando aceptamos las diferencias como parte de la individualidad del otro, en la comprensión de que es como es, y no en la lucha de que queremos que sea de ninguna otra manera, es cuando se desarrolla el verdadero vínculo amoroso (en el más amplio sentido de la palabra).

Hay personas que se ocultan, o al menos parte de si mismas, tratando de esconder una cara pensando que así serán más o mejor queridas. Generalmente lo que consiguen es precisamente lo contrario, perderse un vínculo por la ruptura de la confianza que provoca la mentira.

Por eso, las personas a las que más quiero son aquellas que me permiten mostrarme tal y como soy, con las que puedo mostrar mis zonas oscuras y mi vulnerabilidad sin miedo a que se alejen, con la confianza de que me aceptarán, me querrán, y se quedarán a mi lado, siendo tal y como soy.

(Extractos del libro de Jorge Bucay El camino del encuentro)

Cambio de tercio: una Oda al pañuelo masculino

marzo 8, 2016

En el Día Internacional de la mujer, cuando los medios nos inundan por la lucha del género femenino por adquirir una igualdad de derechos, hago un cambio de tercio en la temática habitual de mi blog, para hacer una Oda al pañuelo.

Este domingo, chimenea encendida, pies en alto y manta suave en el regazo, vi la película “El becario” la historia de una prueba piloto para incorporar becarios “Senior” (jubilados) en el mundo de la empresa. En una escena,  para asistir a una mancha inesperada de un compañero, De Niro saca de su bolsillo un clásico pañuelo blanco de algodón, que el joven observa estupefacto cual si fuera innovación recién llegada del espacio.

De Niro explica que el pañuelo es una prenda que un caballero lleva para ser útil a la mujer: “porque las mujeres lloran, ya sabes”.Y necesitan algo suave con lo que secarse las lágrimas. Aunque la explicación no sea cierta, me pareció una respuesta encantadora. De hecho, conservo involuntariamente una pieza que me prestó la única persona que conozco que aún usa pañuelo. Un día de berrinche lo embadurné todo de lágrimas y mocos, y avergonzada lo conservé para devolvérselo debidamente adecentado.

El dueño del fragmento cuadrado de algodón se trasladó al extranjero, y desde entonces el pañuelo anduvo por casa rodando. Estuve a punto de tirarlo cuando apliqué la “magia del orden”. Pensé en enviarlo por correo de vuelta, a fin de que siguiera siendo útil a su verdadero propietario. Pero concluí que hacerlo resultaría un poco raro. Así pues, ahí está el pañuelo, en mi vestidor sobre una balda, esperando a que decida qué hacer con su futuro. Lo cual, según escribo estas páginas ha sido decidido: se va al cajón de los trapos.

El pañuelo me recuerda a mi padre, y me recuerda a mi abuelo. Ambos guardaban en el bolsillo un pañuelo limpio, planchado, y con sus iniciales LC en hilo negro sobre el blanco. ¿En qué generación se perdió la costumbre?  Mi marido afirma que se ha sustituido por los kleenex… Pero, ¿cuántos hombres portan un paquete de kleenex  cada día? No, no. El pañuelo de algodón no se ha sustituido, solo ha desaparecido.

Ya no hay fácil auxilio a la mujer de lágrima fácil, no hay con qué secar una taza que gotea, no hay con qué frotar la frente para aliviar un calor inesperado, ni con qué limpiar la palma de un saludo sudoroso indeseado.

La última generación del hombre con pañuelo, la que vivió el auge de la revolución de la mujer, la que aceptó con naturalidad su ingreso en la empresa. La que aún protegió a las féminas, hizo de segundo padre protector de las hermanas pequeñas, a la vez que adoró a sus progenitoras. La que vivió con cierto miedo y a la vez con respeto su creciente autonomía. No fue la penúltima, sino la última la que actuó de bisagra para abrirnos las puertas, la que hizo de pedestal sobre el que alzarnos: admirando a sus compañeras, aceptando como igual su voz y su voto, maravillándose de nuestra capacidad para organizarlo todo.

La última generación del hombre con pañuelo vivió el antes y el ahora. Para las nuevas generaciones no hay referencia directa de comparación previa. Somos iguales, y punto. No hay necesidad de alzarnos ni de ayudarnos, no existe la mirada de condescendencia.

 

Por desgracia, no todas las regiones o culturas han tenido una generación de “hombres con pañuelo”, y por eso, la lucha para muchas aún continua.

 

 

Avanzar exige claridad

marzo 5, 2016

En mi experiencia con la vida y con mis clientes de coaching me doy cuenta muchas veces que nos cuesta avanzar con determinación porque no tenemos claro lo que queremos de verdad.

En general, no te das cuenta en ninguna de las situaciones que se presentan ante tí el desenlace que de verdad te haría feliz: quieres dejar una relación porque ya no te satisface, pero amas al otro con locura y en el fondo lo que quieres es que funcione de verdad; o apuestas por una relación, pero en el fondo te gustaría disfrutar de algunos beneficios que te brinda la soledad; o quieres cambiar de trabajo, pero en realidad lo que te gustaría es sentirte reconocido o valorado en el actual; o quieres centrarte en el trabajo pero en realidad quieres seguir tus sueños por otros derroteros.

Todo aquello que te sucede en la vida empieza con una decisión.Tienes que decidir con qué resultados deseas comprometerte, y también la clase de persona que te comprometes a ser.

Para tomar una decisión, tu mente necesita claridad. Si no tienes claridad con respecto a lo que quieres de verdad, no tienes manera alguna de juzgar los resultados de las situaciones. Lo que haces está determinado por tu percepción de la situación de que se trate, y esa percepción es errónea.  Es inevitable, pues, que nada de lo que hagas sea en beneficio de lo que más te conviene.

Si te das cuenta de que en realidad no percibes lo que más te conviene, quizás podrías llegar a verlo de verdad. Pero como estás convencido de que lo sabes, no puedes verlo.

Haz una búsqueda mental con los ojos cerrados de aquellas situaciones en tu vida que aún no estén resueltas y que te están causando cierto desasosiego. Debes hacer hincapié en descubrir cual es el resultado que deseas. Te darás cuenta muy pronto de que tienes varios objetivos en mente como parte del resultado que deseas y también que esos objetivos se encuentran en diferentes niveles y de que con frecuencia son conflictivos.

Repasa cada situación que se te ocurra, y luego enumera minuciosamente todos los objetivos que te gustaría alcanzar en el desenlace de la misma. Trata de abarcar tantos desenlaces diferentes como honestamente se te ocurran, aun cuando algunos de ellos no parezcan estar directamente relacionados con la situación, o lo que es más, ni siquiera parezcan tener nada que ver con ella.

Si haces el ejercicio correctamente, te darás cuenta de inmediato que estás exigiendo de cada situación un gran número de cosas que no tienen nada que ver con ella. Te percatarás asimismo de que muchos de tus objetivos son contradictorios, que no tienes un resultado concreto en mente, y que no puedes por menos que experimentar desilusión con respecto a algunos de tus objetivos, independientemente de como se resuelva finalmente la situación.

Saber lo que quieres exige mucha mucha honestidad contigo mismo, y capacidad para limpiar a fondo los filtros de la percepción. Solo la claridad te permite avanzar con firmeza sin miedo de mirar atrás.

Me acordé con esta reflexión de la canción “catch and release” de Matt Simons. Y pensé en esas veces que  medito y voy a mi jardín interior, y veo el gran árbol bajo el que me tumbo, cerca de un lago, con las montañas de fondo, sobre hierba tupida y fresca. En esas ocasiones, mi guía interior, descalzo y vestido de lino blanco, me susurra lo que “sé” y quiero de verdad.

(Adaptación de una de las lecciones del curso de milagros).

La magia del orden

febrero 15, 2016

Eventos que suceden en nuestra vida pasan a veces más o menos desapercibidos. Son
como hilos sueltos de multitud de colores que en si mismos tienen la importancia relativa que se les concede en el momento. Sin embargo, un día tomas perspectiva y encuentras que esos hilos han ido tejiendo una historia con sentido y se revelan como un bello y complejo tapiz.

Toda mi vida me he considerado una persona ordenada. Mucha gente admira mi capacidad para gestionar con éxito tantos aspectos  y facetas de mi vida a la vez: Directora de Comunicación, Marketing y Recursos Humanos, Coach Freelance, Formadora, saco tiempo para aprender asistiendo a cursos de diferentes disciplinas, practico yoga, country line dance y voy al gimnasio al menos una vez a la semana, cuido mi cuerpo, me doy masajes, trato de llevar una buena manicura y un aspecto agradable, mantengo mi casa organizada, llevo un diario personal, tengo una hija, un marido, familia y amigas.Todo tiene su momento y su espacio. Cada actividad está identificada con un color en mi agenda de Outlook, así de un vistazo me aseguro de que haya cierto equilibrio. Si una semana falta un color, me esfuerzo por compensarlo en la siguiente. Soy feliz, me acuesto cansada, duermo como un lirón y me despierto dando gracias y con ganas de vivir lo que me espera. Así de simple. Así de complejo.

Cuento todo esto para poneros en contexto. He observado a lo largo de mi vida cierta correlación entre lo ordenado que está el entorno de una persona, y el orden que hay en su vida con su satisfacción asociada.

Mi “obsesión” por el orden me lleva a evitar los adornos superfluos, a no salir de casa sin las camas hechas ni los dormitorios sin ventilar, a no acostarme sin haber puesto en su sitio los cojines del salón, a tener la ropa organizada por largos y colores, a realizar batidas periódicas para tirar lo innecesario. Seguridad, comodidad, simplicidad, pragmatismo y belleza son los principios fundamentales que rigen mi hogar.

Hace más de un año, haciendo uno de los primeros ejercicios del “curso de milagros”, el cual compartía en otro post, me di cuenta de que, en efecto, sin darnos cuenta otorgamos un significado a todo lo que vemos. Nada tiene significado por si mismo, por eso nada tiene por si mismo el poder de alegrarnos o enfadarnos. Solo le concedemos el poder cuando tomamos una decisión con respecto a lo que eso significa para nosotros.

Recuerdo haber hecho el ejercicio en el salón de mi casa. Fui consciente de que no es casual que aquí no entre nada que yo no haya decidido conscientemente tener a mi alrededor. Si no me puedo permitir un mueble que me gusta no compro uno en sustitución. Me aguanto hasta que puedo comprar lo que yo quiero. Consciente del esfuerzo y el trabajo que me implica adquirir cada cosa, soy muy selectiva y me aseguro de que sea algo que me va a seguir complaciendo en el largo plazo. Elegante, atemporal, sencillo. Nada de lo que me pueda cansar o pueda sucumbir con una moda. Bello, sólido, de calidad. Cada vez que mi mirada se pose sobre algo debo sentir alegría y satisfacción por tenerlo. Es el signo de mi propio éxito.

Ese es el significado que doy a los muebles, por ejemplo. Todo lo material que me rodea me dice algo de mi. Y también dice mucho de ti todo lo material que te rodea. Sea mucho o sea poco, de algún modo definen tu relación con el mundo. Si eres ambicioso o te conformas, cuáles son tus prioridades, si eres alma libre o buscas establecerte, si eres sociable o introvertido, si piensas en ti cuando seleccionas algo o piensas en que dirán (por ejemplo, por principio no me gusta invertir mucho en vajilla o cristalería, para sonreir y evitar que un amigo se disguste cuando sin querer rompe una copa en una fiesta). Y así hasta el infinito. Solo que no eres consiente.

Hay gente que cuando se muda aprovecha para hacer limpieza y tirar muchas cosas. No es solo una cuestión de orden, es también una cuestión simbólica. Se preparan para lo nuevo, se abren a dejar espacio para lo que está por llegar. Física y emocionalmente. Observa la reticencia de la mayoría de las personas para deshacerse de regalos que no les gustan. Si la persona que le hizo el regalo es importante para él (o ella), lo guardará indefinidamente como signo de respeto y fidelidad.

Pero hay un principio muy simple, explicado con maestría por Talane Miedaner en su libro “Coaching para el éxito”:

Ahora es el momento de crear espacio para todo lo que deseas. No puedes recibir cosas para las que no tienes espacio. Si quieres iniciar una nueva relación de pareja, primero necesitarás dejar la que tienes. Si quieres nuevos clientes, quizá ha llegado el momento de ordenar los archivos de tu despacho. Cada vez que quieres algo nuevo en tu vida, debes cerrar el espacio necesario para incorporarlo. De hecho, no importa lo que elimines. Después de todo, la materia es en esencia simplemente energía, de modo que todo lo que suprimas te dará más espacio. ¿Alguna vez te has dado cuenta de lo bien que te sientes después de ordenar un armario? No es cosa de magia. Es un principio que se basa en las leyes de la física: la naturaleza aborrece el vacío. Crea un vacío y el universo te enviará cosas para llenarlo.

Después de leer a Marie Kondo y su libro “La magia del orden”, yo, que siempre me las he dado de ordenada y de acumular justo lo necesario, decidí dar una vuelta de tuerca radical.
Siguiendo su método (con adaptaciones – pero de eso hablaré otro día), tiré, regalé o reciclé objetos que llenaron más de 40 bolsas, y aun después todo eso aún no siento que mi mente haya hecho clic. No pararé hasta que lo haga. Me di cuenta de todo lo que guardaba que me mantenía de algún modo anclada al pasado, o de lo que definía sin quererlo la forma que tengo de relacionarme con el futuro, guardando cosas “por si acaso”, reflejando cierta inseguridad o miedo.

Así que cambié las reglas. Una sola, y muy simple: conserva solo lo que te haga feliz, AHORA. El presente es todo lo que tenemos.

Después de pasar por objetos materiales de todo tipo, llegué a la parte más difícil: los recuerdos. Tenía varias cajas de recuerdos: las notas que intercambiaba con mis amigas en el colegio, cartas de amig@s reales y por correspondencia, de ex novios y pretendientes, entradas de cine y otros espectáculos, recordatorios, invitaciones de boda, tarjetas de felicitación, recordatorios de comunión, y tantas otras cosas!

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Vacié las cajas en el suelo y con ello se abrió la caja de pandora. Un aluvión de emociones me invadió. Recordé a gente que se había perdido en mi memoria. Volví a  vivir momentos alegres, pero también me sentí culpable. Culpable de no haber querido o sabido mantener algunas relaciones que se enfriaron con el tiempo. Y triste. Y entonces sentí una fuerte necesidad de sanar ese vínculo. Y busqué como pude a muchos de ellos. Y les escribí. Y cuando no pude hacerlo practiqué ho´oponopono (lo siento, perdóname, gracias, te quiero). Puse cartas y objetos en mi corazón. Me concentré en ellos. Repetía uno a uno y sin parar todas las razones por las cuales siento agradecimiento, y por las cuales necesitaba pedirles perdón. Recité gracias, te quiero, sin parar. Una fuerte congoja se apoderó de mi pecho. Necesitaba llorar. Y no lo hice.

Todos a los que localicé y escribí me contestaron (menos uno). Sentí que todo estaba bien con ellos. Acepté que todo es perfecto como está. Agradecí y reconocí que soy lo que soy por el pedacito de sí mismos que me dieron. Entendí que para vivir todo lo que venía después ellos tenían que partir. Comprendí que el vínculo no se rompió, sólo se hizo más largo y fino, pero de algún modo nos portamos mutuamente, de una manera sutil y poco consciente.

El trabajo para resolver la falta de respuesta de una persona que fue muy importante en mi vida, y la incapacidad de localizar a tantas otras, duró varios días. La tensión que eso produjo en mi pecho, por la sobrecarga del timo, derivó en una fuerte contractura cervical.

glc3a1ndula-timoBasándose en el origen del nombre de esta glándula (en griego, ‘thýmos’, significa energía vital), el timo regula las emociones y está directamente conectado a los sentidos, la conciencia y el lenguaje. Crece cuando estamos alegres y encoje cuando estamos estresados o enfermos. Por ello se le conoce con el sobrenombre de “glándula de la felicidad”. Sin querer convertirlo en una lección de anatomía, la cara anterior del timo se relaciona con la hoja pretraqueal de la fascia cervical y con los músculos infrahioideos que ésta contiene. Eso explica que mi congoja se convirtiera en una rigidez del cuello que yo sabía, como así sucedió, se resolvería al disipar los lazos de culpa y tristeza que me invadían.

Lo siento. Perdóname. Gracias. Te quiero. Ho’oponopono es un arte muy antiguo de resolución de problemas. Significa “enmendar”, “corregir un error”. Según esta filosofía, todo lo que aparece en nuestra vida es un pensamiento, una memoria, un programa funcionando (un error) y se presenta para darnos una oportunidad de soltar, de limpiar, de borrar. El Ho’oponopono es la tecla de borrar en el teclado de nuestra computadora.

Y borré. Vaya que si borré. Físicamente, quemé en la chimenea todas las cartas y papeles. Aun sabiendo que nada ni nadie podrá eliminar de mi corazón todo el amor y el agradecimiento, y que soy lo que soy porque viví todo lo que viví, experimenté emocionalmente un profundo trabajo de sanación. Me sentí más libre, más abierta, más ligera. En paz.

Así es, en resumen, cómo un trabajo con el orden en mi casa terminó con un rito de iniciación. Un nuevo comienzo  a nivel personal y profesional que se fragua lentamente pero sin pausa. Stay tuned (permaneced conectados), que os contaré mucho más!

Esto…también pasará!

octubre 19, 2015

imagesHubo una vez un rey que dijo a los sabios de la corte:
– Me estoy fabricando un precioso anillo. He conseguido uno de los mejores diamantes posibles. Quiero guardar oculto dentro del anillo algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación total, y que ayude a mis herederos, y a los herederos de mis herederos, para siempre. Tiene que ser un mensaje pequeño, de manera que quepa debajo del diamante del anillo.
Todos quienes escucharon eran sabios, grandes eruditos; podrían haber escrito grandes tratados, pero darle un mensaje de no más de dos o tres palabras que le pudieran ayudar en momentos de desesperación total…
Pensaron, buscaron en sus libros, pero no podían encontrar nada.
El rey tenía un anciano sirviente que también había sido sirviente de su padre. La madre del rey murió pronto y este sirviente cuidó de él, por tanto, lo trataba como si fuera de la familia. El rey sentía un inmenso respeto por el anciano, de modo que también lo consultó. Y éste le dijo:
-No soy un sabio, ni un erudito, ni un académico, pero conozco el mensaje. Durante mi larga vida en palacio, me he encontrado con todo tipo de gente, y en una ocasión me encontré con un místico.Era invitado de tu padre y yo estuve a su servicio. Cuando se iba, como gesto de agradecimiento, me dio este mensaje -el anciano lo escribió en un diminuto papel, lo dobló y se lo dio al rey-. Pero no lo leas -le dijo- mantenlo escondido en el anillo. Ábrelo sólo cuando todo lo demás haya fracasado, cuando no encuentres salida a la situación.
-Ese momento no tardó en llegar… El país fue invadido y el rey perdió el reino. Estaba huyendo en su caballo para salvar la vida y sus enemigos lo perseguían. Estaba solo y los perseguidores eran numerosos. Llegó a un lugar donde el camino se acababa, no había salida: enfrente había un precipicio y un profundo valle; caer por él sería el fin. Y no podía volver porque el enemigo le cerraba el camino. Ya podía escuchar el trotar de los caballos. No podía seguir hacia delante y no había ningún otro camino…

De repente, se acordó del anillo. Lo abrió, sacó el papel y allí encontró un pequeño mensaje tremendamente valioso: Simplemente decía “ESTO TAMBIÉN PASARA”.

Mientras leía “esto también pasará” sintió que se cernía sobre él un gran silencio. Los enemigos que le perseguían debían haberse perdido en el bosque, o debían haberse equivocado de camino, pero lo cierto es que poco a poco dejó de escuchar el trote de los caballos.
El rey se sentía profundamente agradecido al sirviente y al místico desconocido. Aquellas palabras habían resultado milagrosas. Dobló el papel, volvió a ponerlo en el anillo, reunió a sus ejércitos y reconquistó el reino.
Y el día que entraba de nuevo victorioso en la capital hubo una gran celebración con música, bailes… y él se sentía muy orgulloso de sí mismo. El anciano estaba a su lado en el carro y le dijo:
-Este momento también es adecuado: vuelve a mirar el mensaje.
-¿Qué quieres decir? -preguntó el rey-…..

Cuento Sufí de Idries Shah

El nudo en la sabana

octubre 11, 2015

Esta historia no es mía, pero me ha gustado tanto que he querido compartirla.

UN NUDO EN LA SÁBANA
En la reunión de padres de familia de una escuela, la directora resaltaba el apoyo que los padres deben darle a los hijos.

Ella entendía que aunque la mayoría de los padres de la comunidad eran trabajadores, debían encontrar un poco de tiempo para dedicar y pasar con los niños.

Sin embargo, la directora se sorprendió cuando uno de los padres se levantó y explicó, que él no tenía tiempo de hablar con su hijo durante la semana.

Cuando salía para trabajar era muy temprano y su hijo todavía estaba durmiendo y cuando regresaba del trabajo era muy tarde y el niño ya estaba acostado.

Explicó además, que tenía que trabajar de esa forma para proveer el sustento de la familia.
Dijo también que el no tener tiempo para su hijo lo angustiaba mucho e intentaba reemplazar esa falta dándole un beso todas las noches cuando llegaba a su casa y para que su hijo supiera que él le había ido a ver mientras dormía, hacía un nudo en la punta de la sábana.

Cuando mi hijo despierta y ve el nudo, sabe que su papá ha estado allí y lo ha besado. El nudo es el medio de comunicación entre nosotros.

La directora se emocionó con aquella singular historia y se sorprendió aún más cuando comprobó que el hijo de aquel hombre era uno de los mejores alumnos de la escuela.
Este hecho nos hace reflexionar sobre las muchas formas en que las personas pueden hacerse presentes y comunicarse con otros.

Aquél padre encontró su forma, una forma simple pero eficiente. Y lo más importante es que su hijo percibía a través del nudo, todo el afecto de su papá.

Algunas veces nos preocupamos tanto con la forma de decir las cosas que olvidamos lo principal que es la comunicación a través del sentimiento.

Simples detalles como un beso y un nudo en la punta de una sábana, significaban para aquél hijo, muchísimo más que un montón de regalos o disculpas vacías.

Es válido que nos preocupemos por las personas, pero lo más importante es que ellas sepan y puedan sentir nuestra preocupación y cariño por ellas.

Para que exista la comunicación, es necesario que las personas “escuchen” el lenguaje de nuestro corazón, ya que los sentimientos siempre hablan más alto que las palabras.

Es por ese motivo que un beso, revestido del más puro afecto, cura el dolor de cabeza, el golpe de la rodilla o el miedo a la oscuridad.

Las personas tal vez no entiendan el significado de muchas palabras, pero saben distinguir un gesto de afecto y amor, aunque ese gesto sea solamente un nudo en la sábana. Un nudo cargado de afecto, ternura y amor.

Una sonrisa. Un “hola, como estas?”, un “vi esto y me acorde de ti”. Un mensaje. Un email. Cualquier cosa puede ser un nudo en la sabana.